La Maldición de la Bruja

La figura de la bruja puede ser encontrada en el imaginario folclórico de muchos pueblos, pero es ampliamente conocida especialmente en la región germánica. Aquí, en pugna con la religión cristiana, ha dejado una notable huella en nuestra historia. La Edad Media fue, en muchos aspectos, aún más pagana de lo que solemos pensar, y muchos fenómenos que son usualmente asociados a la Edad Media son realmente desarrollos posteriores, que surgieron después de una más extensa historia de decadencia.

Cacería de Brujas

Lo que solo empezó lentamente a finales de la Edad Media con el libro “El Martillo de las Brujas” (más conocido por su nombre original “Malleus maleficarum“, escrito en 1486 en Alemania), encontraría a comienzos de la Edad Moderna su clímax en la cacería de brujas y en los juicios de brujas, que de acuerdo a las últimas estimaciones costaron la vida de alrededor de 25.000 personas en el área del Sacro Imperio Romano Germánico. En otros lugares las brujas también fueron perseguidas, pero en ninguna parte la persecución llegó a los niveles alcanzados en los países Germánicos y Escandinavos.

Las mujeres no fueron las únicas víctimas, pero sí la mayoría. Las cortes laicas quemaron tantas brujas/hechiceras como las cortes eclesiásticas, los protestantes asesinaron tantas como los católicos. Sólo que en el caso de los protestantes las víctimas fueron muchas más mujeres, debido a la traducción corregida de la biblia de Martín Lutero: “No dejarás con vida a la hechicera” (Éxodo 22:18).

Por qué la obsesión por las brujas golpeó especialmente a Alemania es una pregunta profunda. Las razones para acusar a alguien de practicar la brujería/hechicería fueron principalmente el resultado del trastorno mental que la cristianización había dejado en sus víctimas. Un mundo que se había vuelto misterioso e inseguro hizo que la gente viera toda clase de monstruos y peligros diabólicos en la oscuridad de la noche. Parte de esto también fue el sexo femenino y su inherente sensualidad, que había sido desterrada al reino de lo pecaminoso por la iglesia cristiana. A partir de una mezcla de antiguas creencias y nuevas tradiciones, la imaginación de la gente creó la superstición de la bruja adoradora del diablo, que hechizó el clima, destruyó la cosecha, secuestró a los niños e hizo de sus cuerpos un ungüento que le permitió volar a ciertas colinas, donde celebraba el Aquelarre (Sabbat) con las otras brujas y el mismo Satanás.

A menudo esto era complementado por los motivos más banales: En algunas regiones, por ejemplo, quien descubriera que alguien era una bruja era recompensado al convertirse en el nuevo propietario de las tierras y pertenencias de la bruja, después de ella era ejecutada. Las quemas de brujas fueron más virulentas en las ciudades de Wurzburgo, Bamberg, Colonia, Maguncia and Tréveris.

Los eruditos sin embargo lo simplifican demasiado al asumir que los juicios de brujas fueron solo el resultado de una obsesión infundada, que aparentemente surgió de la nada y que desde entonces ha sido reconocida como un engaño debido a la Ilustración y la noción de que las brujas realmente no existen, por lo que lo etiquetan nada mas que como un fenómeno mal dirigido de un tiempo pasado. Pero hay un conocimiento específicamente femenino, que aún durante la Edad Media estuvo mucho más vivo que a comienzos de la Edad Moderna. La antigua profesión de la partera/comadrona, la herbolaria, la vidente, en resumen, la mujer sabia, fue cada vez más reemplazada por una ciencia dominada por hombres, por médicos, eruditos de la iglesia y juristas. Aquella que como tutora local acompañó a la gente a través de los diferentes pasajes de los ciclos de vida, muerte y renacimiento, fue así desplazada y se volvió obsoleta. Viéndolo de esta manera, los juicios de brujas fueron también medidas en contra de los últimos restos de la estructura social pagana en las tierras germánicas.

Etimología

La palabra hag (otra forma de decir bruja en inglés) está relacionada con la palabra alemana para bruja, Hexe, derivada de la antigua palabra hagazussa y sus variantes, a saber, hazus, hazussa (siglo X), hazas(sa), hazis(sa) y hagazussa (siglo XI) del Alto Alemán Antiguo, hecse y hesse del Medio Alto Alemán, haghetisse y haghetesse del Danés Medio, heks del Danés, hægtesse y hegtes del Inglés Antiguo. La palabra witch (bruja en inglés) se remonta al Inglés Antiguo wiċċe (“hechicera, bruja”) del cual proviene wiccian (“practicar la hechicería”).

Algunos han interpretado la primera sílaba de hægtesse como el bastón que la bruja usaba para su magia, la segunda como significando espíritu o elfo, como en noruego tusja y tusul. Aquí se debe sugerir la siguiente interpretación: La primera parte del nombre es el seto (alemán: Hag), el área separada del bosque sagrado, que los pueblos paganos solían rodear con una valla. La segunda parte del nombre, tesse, es la Dis, que preside sobre esta zona especial. La conocemos del nórdico Disir y la idisi mencionada en Los Encantamientos de Merseburg escritos en Alto Alemán Antiguo . Cuando encontramos un nexo semántico que une a las mujeres humanas con los espíritus femeninos aquí, queda que estamos tratando con un fenómeno del ámbito sagrado de la vida de culto. La bruja es la mujer sabia, la hembra salvaje, que habita detrás de las fronteras del mundo mundano, esperando a la persona que entrará en su reino para pedirle predicciones y consejos, y para recibir sus tratamientos y consagraciones.

Las palabras hag y witch no se remontan a una comprensión cristiana del mundo, sino que se basan en conceptos mucho más antiguos, que apuntan al chamana de Bad Dürrenberg. La cristianización solo arrojó un barniz de nueva interpretación sobre el nombre y sus portadores fueron marginados de acuerdo con la torpe y miope superstición. Por medio de la secularización y la cientificización, esta maldición se ha quitado del nombre por un largo tiempo. Si la caza de brujas todavía tiene lugar hoy es ya otro asunto.

FUENTE: https://iwobrand.wordpress.com/2019/11/03/the-curse-of-the-witch/

Sobre el Honor Teutónico…

“Y sólo hay una pasión que puede liberar esta fuerza acumulada: su pasión por el honor. Para que el hombre del norte se vea afectado por esto o aquello en lo que se encuentra depende de algo que ha sucedido, algo pasado y algo a futuro, un evento que le ha sucedido a él mismo o a su antepasado, y un evento que debe suceder para la mejora de sí mismo y sus descendientes. No vive el momento: usa el momento para calcular: ¿cómo puede servirlo para alcanzar su objetivo…? “

(Extracto del libro “La Cultura de los Teutones”, de Vilhelm Gronbech)

Vilhelm Gronbech

FUENTE: https://twitter.com/TeutonicTom/status/1188675059759702016

Ragnarök: El Destino del Mundo Según los Pueblos Germanos

Antes que nada, es preciso recordar que, para los antiguos, el tiempo se dividía en ciclos. Todos los pueblos indoeuropeos sin excepción reconocían que la “edad dorada” quedaba atrás, y que la edad que les había tocado vivir era la de la disgregación y la degradación. De ese modo, los griegos concibieron una edad de oro, una edad de plata, una de bronce, una “edad de los héroes” (que se corresponde con la época de la guerra de Troya) y finalmente una edad de hierro. Los romanos añadían, al comienzo, una edad de piedra y una de madera.
La misma idea de ciclos excluye una idea “apocalíptica” o de “fin del mundo”, puesto que el fin de un ciclo no es más que el comienzo del siguiente. En la mentalidad de nuestros antepasados, las primeras edades fueron tiempos de justicia, armonía, belleza y sabiduría, que poco a poco se fueron corrompiendo hasta dar lugar a tiempos de traición, de conflictos, de violencia, de deshonor, de olvido de los dioses y de los ritos, de maldad, de materialismo, de mestizaje y de dejarse atrapar por los poderes “oscuros” que se oponen a los dioses.

Para los germanos, la Edad del Lobo, la última de todas las edades, sería un tiempo de guerras y catástrofes, que terminaría en el Ragnarok (“destino de los dioses”, también “oscurecimiento de los dioses”), la “rotura de todos los lazos” (es decir, la anulación de cualquier vínculo, control, restricción o barrera moral, y el regreso al caos primigenio), la destrucción de los nueve mundos, traída por una última guerra desesperada y a muerte entre las potencias divinas y las potencias demoniacas. A esta lucha sobrevivirían algunos dioses y hombres, y con las ruinas de la edad de hierro construirían una nueva edad de oro.

Veamos el lenguaje simbólico elaborada por el instinto subconsciente de los primitivos germanos para poder autoexpresarse y grabarse así en la memoria colectiva germánica. Es necesario volver a aclarar que se trata de algo simbólico, que cada elemento tiene un significado y que en modo alguno ha de tomarse al pie de la letra, como si fuese un simple cuento (del mismo modo, nadie interpreta un sueño de modo literal, sino que procura bucear en los símbolos). No deja de ser revelador que los germanos, una rama indoeuropea en el extremo geográfico opuesto al de los indo-arios, tuviesen un concepto de fin de ciclo muy similar al de sus primos orientales.

El Ragnarok sería precedido por Fibulwinter, un invierno de tres años de duración, en los que muchas personas morirán. Fenrir, el lobo que representa las fuerzas y los instintos caídos fuera de control, extendería el caos, la destrucción y la maldad por el mundo, haciendo que los hombres se corrompan cada vez más. Jormugand, la serpiente marina (un ouroboros que se muerde la cola, y que representa la materia y el tiempo, aquello que contiene al espíritu) que circula la tierra, la invadiría, inundándola con grandes olas y riadas de su veneno. Loki, el dios de sangre impura, causante de discordia y de envidia, romperá sus cadenas y se unirá a las criaturas de Muspelheim (el lugar del fuego, que representa el mundo infrarrojo y las potencias elementales) para combatir a los dioses. Los dos “lobos celestes”, Skoll y Hati (“Asco” y “Odio”) que persiguen al Sol y a la Luna por el firmamento, finalmente les darán alcance y los devorarán.
El mundo se congelará, acabando con muchas vidas. Loki liderará un ataque sobre Asgard, el mundo de los dioses, y en este momento, el Valhala, la sala de los caídos, abrirá sus puertas. El Valhala se ha ido llenando con las almas de los hombres que, elegidos por las valkirias, han caído en combate por causas justas a lo largo de la historia. Con paredes hechas de lanzas de oro, un techo hecho de escudos de oro, y un gran árbol viviente que hacía de pilar central (“eje del mundo”), el Valhala tenía 540 enormes puertas, por cada una de las cuales saldrán, codo con codo, 800 guerreros totalmente armados: 432.000 hombres en total. El cuerno de guerra suena en los nueve mundos, el puente-arcoiris Bifrost (que une el mundo de los dioses con el mundo de los hombres) se derrumba bajo el peso de los gigantes, y tiene lugar, en una llanura llamada Vigrid, la batalla más inmensa jamás vista, que enfrentará a los dioses contra sus enemigos y que ha estado escrita en el destino del mundo desde su misma creación.
Allí, Fenrir, que abre sus mandíbulas tanto que destruye todo lo que hay entre el cielo y el infierno, mata a Odín, pero será a su vez liquidado por Vidar, un hijo de Odín que representa el silencio y la venganza, que es el dios más fuerte después de Thor y mora en los bosques. Con su mano, agarrará el hocico de Fenrir, y colocando su pie sobre su maxilar inferior, le desgarrará la mandíbula. Loki y Heimdal (el dios blanco, depositario de sabiduría y progenitor de la humanidad) se matarán el uno al otro, igual que Garm (el perro del inframundo, reminiscente del Can Cerbero griego) y Tyr (el dios de la guerra, del orden, de la lealtad y del honor). El conocido dios Thor —representante del trueno y de la fertilidad masculina, y principal campeón de los dioses— matará a Jormugand, pero caerá muerto por efecto de su veneno tras dar sólo tres pasos. Surt, el dios del mundo infernal, extenderá el fuego por los nueve mundos, toda vida será aniquilada y la tierra se hundirá en el mar.

 Esto supondría el fin de los hombres y de la vida, y la destrucción de los nueve mundos; pero una pareja humana, Lif (“Vida”) y Lifthrasir (“aquel que quiere la vida”, o “deseo de vivir”), sobrevivirán trepando por el árbol Ygdrasil, el eje del mundo. Refugiados en las ramas del gran árbol, a través de sus hojas “verán cómo muere el Sol y nace de nuevo”. Pasada la batalla y calmada la tempestad, surgirá del mar una nueva tierra, fresca y verde, pletórica de vida, y la pareja la poblará, renovando la civilización humana. Entre los dioses, vivirán Modi (“Encolerizado”) y Magni (“Fuerte”), ambos hijos de Thor. Modi es un dios de la ira de batalla, mientras que Magni se supone el ser más fuerte de toda la Creación, más incluso que su padre. Ambos heredarán Miolnir, el martillo de Thor, que representa el rayo celeste y por tanto la fuerza de los dioses. Baldur, el dios de la belleza, de la luz y del orgullo, que había sido asesinado por Loki, y que se hallaba preso en el inframundo, renacerá. Vidar y Vali (un dios que nació expresamente para vengar la muerte de Baldur) sobrevivirán. Los seres supervivientes encontrarán un tablero de ajedrez (“control sobre el mundo terrenal”) con piezas de oro, y heredarán el papel regio y señorial de los antiguos dioses, en una era de justicia, orden y armonía.

Los germanos, pues, eran pesimistas por concebir la progresiva degeneración de la humanidad, que al tocar fondo desencadenará el despertar de los dioses y una guerra mundial que acabará con el mundo actual tal y como lo conocemos. Sin embargo, el optimismo también se halla representado aquí por la perspectiva de un nuevo renacimiento y un “nuevo comienzo”, cosa que, en cambio, no existe en la tradición cristiana, que concibe un apocalipsis similar al que terminó con Roma, y un juicio final, sin más.

Ragnarök: El Destino de los Dioses

FUENTE: http://europasoberana.blogspot.com/2013/05/el-destino-del-mundo-segun-los-indo.html?m=1

El Berserkergang o Posesión

Antes del combate, los bersekers entraban juntos en un trance llamado berserksgangr o berserkergang. Este trance era el proceso de posesión, para el que no cualquiera estaba preparado, pues su energía podía destrozar el cuerpo del profano. Según la tradición escandinava, tal estado de éxtasis comenzaba con un siniestro escalofrío que recorría el cuerpo del poseído y le ponía los pelos de punta y la piel de gallina. A esto seguía la contracción de los músculos, un premonitorio temblor, el aumento de la presión arterial y de la tensión, y una serie de tics nerviosos en el rostro y en el cuello. La temperatura corporal comenzaba a subir. Las aletas nasales se dilataban. La mandíbula se apretaba y la boca se contraía en una mueca psicótica revelando la dentadura. Luego venía un inquietante rechinar de dientes. El rostro se inflaba y cambiaba de color, acabando en un tono púrpura. Empezaban a echar espuma por la boca [5], a gruñir, a agitarse, a rugir y gritar como animales salvajes, a morder los bordes de sus escudos, a golpear sus cascos y sus escudos con sus armas y a rasgarse la ropa, invadidos por una fiebre que tomaba posesión de ellos y les convertía en una bestia, su ciego instrumento. Presenciar semejante transformación debía ser algo realmente alarmante y angustioso, evocador del más urgente pánico. Era una transformación iniciática en toda regla, y algunos han visto en ella el origen de las leyendas de hombres-lobo.
Tras este proceso, los bersekers recibían el Odr u Od (llamado Wut en Germania y Wod en Inglaterra), la inspiración que Odín concedía a algunos guerreros, iniciados y poetas, tocándoles con la punta de su lanza Gugnir (“estremecedora”). Con ello se convertían en un furioso torbellino de sangre y metal. La fuerza física del “inspirado” por la fiebre Od aumentaba de manera sobrehumana e inexplicable, y también se incrementaban su resistencia, su agresividad y su fanatismo combativo. Desaparecían el dolor, el miedo o la fatiga, y lo que los reemplazaba era una embriagante sensación de voluntad, imparable poder y ganas de destruir, arrasar, matar, aniquilar y derribar. Una buena referencia a la versión celta del berserkergang, la podemos encontrar en “The Táin”, que describe la transformación del héroe Cuchulain antes de las batallas:
El espasmo de furia se apoderó de él: parecía que cada cabello estaba martilleado a su cabeza, pues todos los pelos se le enderezaron verticalmente, y se podría jurar que un punto de fuego coronaba la punta de cada uno. Uno de sus ojos se cerró más estrecho que el ojal de una aguja, y el otro se abrió más ancho que la boca de una copa. Sus mandíbulas se desencajaron hasta las orejas, y sus labios se apartaron revelando sus encías. El halo del héroe ascendió desde la corona de su cabeza.
Los bersekers pasaban a luchar furiosamente sin importarles en absoluto su propia vida o seguridad física. Muchos preferían llevar una espada y un hacha en vez de una sola arma con el escudo [6]. En grupos de doce, cargaban salvajemente contra el enemigo sin importar su inferioridad numérica, y heridas que matarían a cualquiera no los inmutaban lo más mínimo. En casos de defensa contra multitudes avasallantes, formaban un círculo impenetrable desde el cual se batían hasta la muerte del último hombre.

El héroe semi-mítico Ragnar Lothbrock (M. Herrera)

Si nos imaginamos el aspecto de esos hombres cargados de músculos, venas, nervios y tendones, con la cara crispada bajo la piel de la bestia, los fanáticos ojos claros abiertos como platos y brillando con aquel acies oculorum que Julio César y Tácito advirtieron entre los guerreros germanos; los dientes apretados con furia y echando espumarajos, salpicados con sangre enemiga… al instante comprenderemos que aquellos guerreros no tenían nada que ver con el hombre occidental moderno. Esos bersekers eran de la misma sangre que muchos europeos modernos, pero ellos eran hombres que vivían para la guerra, mientras que el occidental medio de nuestros días es un afeminado blando que vive para la paz y, en su miopía, persiste en creer que lo sabe todo sobre el mundo y la vida.
El WutWodeOd o berserkergang era un trance terriblemente intenso y violento, en el que se perdía completamente el control y la razón, y en el que la bestia se liberaba de sus cadenas de hierro para desahogar su claustrofobia y para cabalgar en gloriosa y desbocada libertad por el oscuro y borroso bosque, sin responsabilidades, sin ataduras, sin límites y sin leyes. No sólo se trataba de dejar aflorar a la bestia interior, sino de dejarse poseer por la divinidad absoluta, externa. El cuerpo del guerrero, en manos de estas tempestuosas fuerzas, y totalmente desconectado de la mente racional, era una simple marioneta que apenas daba abasto para plasmar tanta ira.
Los afectados podían estar durante horas e incluso días combatiendo de la manera más furiosa y encarnizada sin pausar un sólo momento. De hecho, gracias a su brutal aportación, a menudo las batallas terminaban demasiado pronto, y los bersekers no podían cesar de combatir, necesitando desahogar su furia, correr sin parar de gritar y descargar sus armas contra árboles, rocas, animales o personas, incluso llegando a atacar a miembros de su mismo ejército (aunque al parecer los bersekers nunca se atacaron entre ellos), ya que en tales estados no distinguían entre amigos y enemigos.
Sin embargo, cuando pasaba el berserkergang, se sumían en un estado de debilidad total, en el que eran incapaces de defenderse ni de tenerse en pie siquiera. Esta resaca duraba varios días, en los que el guerrero debía guardar cama. Según las sagas escandinavas, a menudo sus enemigos aprovechaban para matarles en aquellos momentos. Algunos bersekers, sin haber recibido herida alguna, caían muertos tras la batalla por el sobrehumano esfuerzo realizado: sus cuerpos no estaban preparados para ser instrumentos de la furia divina —al menos durante un tiempo demasiado prolongado. Probablemente se les acortaba la esperanza de vida por muchos años después de cada “sesión” de berserkergang.
Otra cualidad que se atribuía al poseído del berserkergang era el “inutilizar las armas del adversario”, lo cual probablemente implicaba que los bersekers eran tan rápidos, tan invulnerables e inspiraban tal terror en sus enemigos que éstos parecían quedar paralizados de miedo o sus golpes no eran efectivos. Asimismo, es muy probable que el aura de ira desprendida de un grupo de bersekers cargando, fuese “sentida” a una gran distancia por los soldados enemigos como si de una onda expansiva se tratase, tal y como escribió el historiador romano Tácito, hablando de una männerbund germana cuyos miembros se denominaban harii —palabra que entre los iranios e indo-iranios significaba “los rubios”, y que está relacionada con los Einheriar (Aina-Hariya) del Valhala:
En cuanto a los harii, además de superar en fuerza a los pueblos que acabo de enumerar, salvajes como son, sacan el máximo partido de su ferocidad natural valiéndose del arte y de la oportunidad: escudos negros, cuerpos pintados. Para combatir, eligen noches oscuras. Solo el horror y la sombra que acompañaban a esta macabra hueste bastan para llevar el terror. Ningún enemigo puede soportar esta visión extraña e infernal, pues en toda batalla los primeros vencidos son los ojos [7].
Observamos aquí la importancia que tenía la simbología de lo oscuro para estos hombres. La noche es esencial en este simbolismo, pues simboliza la edad oscura, este tenebroso invierno en el que hemos nacido para bien o para mal. El día, con los rayos del sol, el oro, es propicio para la voluntad, para el arrojo, para la lucha consciente, para clavar la lanza en el enemigo, para hundir la espada en la tierra —en una palabra, para poseer, para tomar. El día representa la mano derecha, el orden, el ritual y la “vía seca”. La noche, en cambio, con oscuridad, luna, estrellas, agua y plata, es más propicia a la magia, a un cierto caos, al dejarse tomar, al ser poseído, a alzar las armas al cielo en vez de hundirlas en la tierra y por ello está más relacionada con la mano izquierda y la “vía húmeda”.

Desde que el hombre ya no es un dios, debe luchar para convertirse, al menos, en ciego instrumento de los dioses. Para ello, debe vaciarse de toda individualidad egocéntrica con el fin de permitir el arrebato divino, esto es, “para propiciar que Odín le toque con la punta de su lanza”. Y el primer modo de conseguirlo era mediante la instauración de una severa disciplina, el ascetismo y la organización. Recordemos, con respeto a la importancia de la noche, que el mismo Adolf Hitler habló en “Mi Lucha” sobre la diferencia de efectos que sus discursos conseguían en las muchedumbres por la mañana y por la noche. Para él, las tardes, y especialmente las noches, eran el momento ideal de dar un discurso y de hacer valer su magnetismo. Hagamos notar también que, en las SS, los colores predominantes en los uniformes y en su simbología eran el negro y el plateado. Simbólicamente, se cubrían de noche, de oscuridad, de truenos y de luz lunar y estelar [8].
Quien había sido poseído una vez por el berserkergang estaba ya marcado con una señal de por vida. A partir de entonces, el trance no sólo le venía al ser invocado antes del combate, sino que también podía caer sobre él de repente en momentos de paz y sosiego, transformándole en cuestión de segundos en una bola de odio, adrenalina y gritos infrahumanos en busca de destrucción. Así, la saga de Egil describe cómo el padre de Egil, un berseker, sufrió repentinamente la posesión del berserkergang mientras jugaba pacíficamente a un juego de pelota con su hijo y otro pequeño. El guerrero, horriblemente agitado, y rugiendo como un animal, agarró al amigo de su hijo, lo alzó en el aire y lo estrelló contra el suelo con tanta fuerza que murió en el acto con todos los huesos del cuerpo rotos. Luego se dirigió hacia su propio hijo, pero éste fue salvado por una sirvienta que, a su vez, cayó muerta ante el poseído. En las sagas, las historias de bersekers están salpicadas de tragedias en las que el berserkergang descontrolado se vuelve contra los seres más allegados al poseso. Si hubiese que encontrar un equivalente griego, lo tendríamos en la figura de Hércules, quien durante un ataque de ira mató a golpes a su propia esposa Megara y a los dos hijos que tenía con ella, lo cual motivó sus 12 tareas como “penitencia” para expiar su pecado.
En el ámbito de la mitología tenemos muchos ejemplos de la furia de los bersekers. La saga del rey Hrolf habla del héroe berseker Bjarki, que combatía por dicho rey y que en una batalla se transformó en un oso. Este oso mató a más enemigos que los cinco campeones selectos del rey. Las flechas y las armas rebotaban de él, y derribó a hombres y caballos de las fuerzas del enemigo rey Hjorvard, desgarrando con los dientes y las garras cualquier cosa que se interpusiera en su camino, de tal modo que el pánico se apoderó del ejército enemigo, disgregando sus filas caóticamente. Esta leyenda —que no deja de ser eso, una leyenda— representa la fama que habían adquirido los bersekers en el Norte, como grupos reducidos pero, por su bravura, perfectamente capaces de decidir el resultado de una gran batalla.
Ahora bien, ¿cuál es la explicación para estos hechos, que rebasan con creces lo normal? ¿Cómo hemos de interpretar el berserkergang? En nuestros días, algunos que siempre miran con resentida desconfianza cualquier manifestación de fuerza y salud, han querido degradarlo. Para muchos de ellos, los bersekers eran simplemente comunidades de epilépticos, esquizofrénicos y demás enfermos mentales. Esta ridícula explicación no satisface en absoluto, ya que la epilepsia o la esquizofrenia son patologías cuyos efectos no se pueden “programar” para una batalla como hacían los bersekers, y bajo sus ataques es imposible realizar acciones valerosas o mostrar heroísmo bélico. Un epiléptico se hace más daño a sí mismo mordiéndose la lengua y cayendo al suelo que destrozando las filas de un numeroso ejército enemigo, y además puede ser reducido por una sola persona. Peliculeramente, otros han sugerido que los bersekers eran alianzas de individuos que habían sufrido mutaciones genéticas, o los supervivientes de un antiguo linaje germánico desaparecido, organizados en forma de comunidades-sectas. Incluso se puede tener en cuenta la explicación “chamánica”, según la cual los bersekers eran poseídos por el espíritu totémico de un oso o de un lobo.

Como se ve, las razones son tan variopintas como variopintos son los personajes que se meten a opinar al respecto. La explicación más conocida, empero, es la de que estos hombres combatían drogados. Según dicha teoría, los bersekers ingerían un hongo llamado amanita muscaria (seta de tallo blanco y sombrerete rojo con motas blancas, que abunda entre los bosques de abedules del norte de Europa), o bien algún mejunje preparado con dicha seta. Ésta tiene una toxicidad elevada gracias a un alcaloide llamado muscarina, que altera completamente la conciencia y la percepción. Actualmente se la ha catalogado como “venenosa”, dado que en dosis elevadas resulta mortal. La teoría de la amanita muscaria fue elaborada en 1784 por el profesor sueco Samual Ödman (que supo de la utilización del hongo por parte de chamanes siberianos), y se perfiló hasta cierto punto porque la mitología germánica explicaba que, de la boca de Sleipnir —el caballo de Odín, de ocho patas— goteaba una espuma roja que, al llegar al suelo, se transformaba en la seta. Otras teorías de drogas sugieren cerveza con beleño negro o pan o cerveza contaminados con cornezuelo del centeno.
La teoría de las drogas no convence, y los dos hechos anteriores (chamanes siberianos + caballo de Odín) son las únicas pruebas que tenemos para corroborar tal tesis. Por otro lado, la simple ingestión de una droga no garantiza por sí misma un arrebato de devastación y frenesí guerrero como el que experimentaban los bersekers. Si es que ingerían efectivamente una droga, habría sido tras una larga y dura preparación guerrera y ascética que les hubiese hecho resistir la posesión del od, con dosis cuidadosamente pensadas por auténticos conocedores de sus efectos, y con ritos diseñados para realzar y canalizar ciertos aspectos relacionados con la sustancia. Nos es más lógica, pues, la teoría de que el berserkergang se desencadenaba mediante una especie de “orden hipnótica programadora” que se almacenaba en el subconsciente a través de una violenta y traumática iniciación ritual, y que en adelante se “activaba” automáticamente escuchando el ruido de las armas, los gritos de batalla y los cánticos que invocaban la furia de Odín, dando lugar al irresistible ansia de estar en el centro del combate, allá donde la lucha era más encarnizada y la furia más densa. En cualquier caso, lo más probable es que las técnicas de consecución del berserkergang fueran mentales o “psicológicas”, a través de procesos hipnóticos y magnéticos catalizados en poderosos rituales, y seguramente amplificados a través de danzas tribales, movimientos, técnicas y respiraciones capaces de generar enormes cantidades de adrenalina en poco tiempo. Y si las drogas estaban realmente presentes, hubiese sido para facilitar la posesión, pero en ningún caso eran las responsables directas del increíble rendimiento combativo que se desencadenaba con dicha posesión.

Las sustancias liberadas por las drogas pueden estimularse en el cuerpo mediante prácticas de depuración. En las tradiciones iniciáticas, cuando el hombre obtienen control absoluto sobre su cuerpo, puede estimular sus órganos, sus glándulas, a voluntad, liberando las sustancias que desea y causando los efectos que desea, con sólo saber materializar el pensamiento. Lo ideal es que las drogas que se utilicen procedan de nuestro propio interior, pues, realmente, las drogas están ya dentro de nosotros —como por ejemplo la testosterona, la adrenalina, la dopamina, las feromonas y las endorfinas—, sólo que a menudo necesitan de un estímulo para liberarse. El uso religioso de las drogas apareció en una época en que la mayoría de personas ya no eran capaces de entrar en trance de modo natural. Y en cualquier caso la ingestión de las drogas con fines religiosos se realizaba bajo un severo control y ritualismo, sobre individuos preparados física, mental y espiritualmente para aguantar sus efectos, y todo vigilado por sabios de las ciencias naturales, conocedores de las plantas, los animales y la Tierra.
Durante las situaciones de gran estrés y violencia, el cuerpo se perturba. Aumenta el pulso, se acelera la respiración y sube la adrenalina como una llama. Tienen lugar una serie de respuestas fisiológicas que en sí mismas no son ni buenas ni malas, sino que su naturaleza dependerá del uso que se haga de ellas y de la salida que se les dé. Los guerreros convencionales “caballerescos”, intentaban dominar el torrente de reacciones y sensaciones que les causaba el combate, de modo que, manteniendo su voluntad por encima de ellas, conservaban la “sangre fría” y la consciencia intacta. Los bersekers, en cambio, parecían hacer lo contrario: se dejaban llevar por las reacciones físicas ante la lucha, de modo que éstas tomaban posesión de ellos y acababan convirtiéndoles en bestias que lo “veían todo rojo”. Afloraba en ellos una voluntad totalmente independiente de la consciencia. Sólo los mejores eran lo bastante duros como para dejarse llevar de verdad por el torrente de ferocidad, soltar sus impulsos salvajemente, perder el control, romper todo lazo y toda atadura para dejar cabalgar libre a la bestia, saborear el profundo y primitivo placer de la carnicería, de la sangría, de la matanza, de la dominación, de la posesión y de la destrucción, sumergir todo su ser en el caos absoluto y sobrevivir para contarlo —aunque es muy probable que después ni siquiera recordasen claramente lo sucedido.
¿Es todo esto un barbarismo salvaje? Sí, pero forma parte de la naturaleza humana, nos guste o no. Dar la espalda a esos asuntos sólo sirve para que luego nos cojan desprevenidos. Ignorar que tenemos un lado animal es como mutilar el espíritu y sabotear el cuerpo. Por el contrario, aceptar esto y dominarlo equivale a reconciliarnos con nosotros mismos.
En cuanto al ataviarse con pieles de animales simbólicos, obedece a una tradición chamánica, totémica y pagana hasta la médula, y le prestaremos atención porque expresa una idea muy importante. El lobo y el oso son signos de masculinidad libre, pura, salvaje, fértil y desenfrenada [9]. La piel del oso o del lobo se conseguía combatiendo con él en un cuerpo a cuerpo y matándole, lo cual era una prueba iniciática de los bersekers igual que entre algunos celtas lo era el matar a un jabalí. Los bersekers eran sugeridos así de que se apoderaban de las cualidades totémicas inherentes al animal en cuestión —oso o lobo—, adquiriendo su fuerza y ferocidad, poseyendo sus cualidades como si se hubiesen conquistado para sí, y adoptando la piel de la bestia vencida como símbolo de esta transformación. Como signo de prestigio, muchos bersekers añadían la palabra björn (oso) a sus nombres, resultando en nombres como Arinbjörn, Esbjörn, Gerbjörn, Gunbjörn o Thorbjörn. El lobo (proto-germánico *ulf) resultó en nombres como Adolf, Rudolf, Hrolf o Ingolf. Mircea Eliade dijo con respecto a la apropiación de las pieles de animales:
Se devenía “berserkr” tras una iniciación que comportaba pruebas específicamente guerreras. Así, por ejemplo, entre los chatti, nos dice Tácito, el postulante no se cortaba los cabellos ni la barba antes de haber matado a un enemigo. Entre los Taifali, el joven debía abatir un jabalí o un oso y entre los Hérulos, era necesario combatir sin armas. A través de estas pruebas, el postulante se apropiaba de la forma de ser de la fiera: se convertía en un guerrero temible en la medida en que se comportaba como una bestia de presa. Se transformaba en superhombre porque conseguía asimilarse a la fuerza mágico-religiosa compartida por los carniceros [10].
Una vez más, se verá esto como primitivo y bárbaro, pero los romanos también lo hacían, como podemos ver en los portaestandartes de las legiones, que se cubrían con pieles de lobos, osos o felinos salvajes (como pueblo indoeuropeo bárbaro, los antiguos itálicos, antepasados de los latinos, debieron tener su propia versión del “guerrero poseído”). También el héroe griego Heracles, tras combatir con un monstruoso león y matarlo con sus propias manos, se puso su piel. El irlandés Cuchulain mató a un monstruoso mastín y ocupó su lugar como guardián del Ulster. Sigfrido, el héroe del germanismo, se bañó en la sangre del dragón Fafnir, matado por él, y con ello se hizo casi invencible. En los misterios de Mitras, un restringido culto militar sólo para hombres y practicado por las legiones de Roma, los iniciados se cubrían de la sangre del toro sacrificado en una ceremonia de alto poder sugestivo. En la misma línea de ejemplos relacionados, tenemos otros casos que se refieren a “segundas pieles” y baños  endurecedores: Aquiles fue bañado por su madre en las aguas del oscuro río Éstige, que lo hicieron invulnerable. La diosa céltica Ceridwen poseía un caldero mágico que daba salud, fuerza y sabiduría a cuantos se bañaran en él. Las madres espartanas bañaban a sus recién nacidos en vino, pues pensaban que eso endurecía a los duros y acababa con los blandos. Las aguas del Ganges, aun hoy en día, son consideradas salutíferas para los hinduistas. La idea tras todos estos mitos era que exponerse a fuerzas destructivas, telúricas y oscuras ayudarían a endurecer la “envoltura” del iniciado y a protegerlo en el futuro contra experiencias similares en el campo de la muerte y del sufrimiento.

Todo esto simbolizaba, además, la lucha del espíritu por tomar control de la bestia telúrica, tras lo cual se recubría de lo conquistado, entraba en la carcasa vacía, la poseía, la transformaba a su imagen y semejanza y, a la vez, cambiaba su personalidad por una distinta, entrando en una nueva fase y simbolizando asimismo el tránsito a una nueva manera de percibir el entorno y de ver las cosas —una nueva piel, una nueva coraza, un nuevo escudo, la percepción del mundo a través de los sentidos de la bestia—, tomar posesión de la materia y, desde dentro, transformarla a imagen y semejanza del espíritu. Esta filosofía de posesión es un rasgo característico de todas las sociedades guerreras iniciáticas. En ciertas unidades de élite de las SS nazis, una de las pruebas era combatir, sin armas y con el torso desnudo, contra un perro-lobo o un mastín embravecido. Como reminiscencia de todos estos asuntos en pleno Siglo XIX, cantaban los húsares imperiales del II Reich, herederos de las unidades guerreras de élite del germanismo: “De negro nos vestimos / de sangre nos bañamos / con la totenkopf en el casco / Heil! Heil! / ¡Somos invencibles!” 
Aquellos bersekers que luchaban desnudos se relacionaban con la conducta de los tempranos celtas, que también lo hacían (de hecho, la figura del “guerrero poseído” fue también recurrente entre los celtas). Sus cuerpos, curtidos desde la infancia, no sentían frío ni aunque estuvieran desnudos sobre la nieve. Como hemos dicho, algunos también se pintaban de negro, reivindicando el lado oscuro y fiero, propio de las eras en las que la luz se ve acosada. Ya hemos visto cómo el romano Tácito describió a los harii que, pintados y con escudos negros, se lanzaban al combate con ferocidad sobrehumana. Para los antiguos indo-iranios, el dios Vishnu, en las épocas sombrías, se ataviaba con una armadura oscura para combatir a los demonios, ocultando al mundo su aspecto luminoso; pero al alba de la nueva edad de oro, se despojaría de su coraza negra y el mundo conocería su luminoso aspecto interior. En Irán, la männerbund de los mairya vestía armaduras negras y portaba banderas negras. Simbólicamente, se decía que mataban al dragón, y generalmente actuaban de noche. Los cátaros se vestían con largas túnicas negras, y sus estandartes religiosos eran negros (algunos con una cruz céltica blanca en su interior). También los SS se vistieron de negro y lucieron banderas negras, además de la macabra totenkopf. Se quería simbolizar así el dominio y el conocimiento de la oscuridad, de lo que pertenece a la mano izquierda, al lado siniestro, al miedo, a la muerte y al horror.
Dominar y conocer al enemigo es dominar y conocer al oso, al lobo, al dragón, al toro o al animal totémico que el hombre luchador descubra en sí mismo. Cubrirse de negro equivale a cubrirse con la piel de la bestia enemiga, pues la oscuridad es la enemiga —hasta que no sea dominada.

FUENTE: http://europasoberana.blogspot.com/2013/05/soldados-de-la-bestia-los-bersekers-y.html?m=1

El Papel de los Berserkers en el Mundo Germánico

“Los hombres de Odín marchaban sin cotas de malla, enfurecidos como perros o lobos. Mordían sus escudos, fuertes como osos o toros salvajes. Mataban a sus enemigos de un solo golpe, pero ni el hierro ni el fuego los dañaba. Tal es lo que se llama el furor de los bersekers”. (Ynglinga Saga, capítulo VI)

Los berserkers se asocian a la germanidad, es decir, al conjunto de tribus germánicas. Éstas abarcan a escandinavos, anglosajones, holandeses y alemanes. Nos situamos en una época en la que los vikingos, aun paganos, tenían seriamente aterrorizada a una Europa castrada por el cristianismo, y en la que el Imperio Romano había desaparecido desde hace siglos. Generalmente, el vikingo despreciaba al cristiano y los cristianos temían al vikingo. En una ocasión, unos vikingos secuestraron a un obispo. Cuando no obtuvieron rescate por él, lo mataron golpeándolo con calaveras de animales. Eran almas aun salvajes e incontaminadas, poseídas por esa mentalidad brutal y contundente tan propia de la Naturaleza.

Entre todos estos bárbaros, los más fieles guardianes de la furia sagrada fueron los bersekers. Esta palabra pervivió en el vocabulario de las naciones que conocieron a estos hombres: en Inglaterra, berseker aun designa a una persona de carácter indómito o salvaje, o a un estado de ira irracional. Berserkr se puede traducir como “camisa de oso” (bear shirt en inglés moderno), o bien “sin camisa” (bare shirt). Proviene del hecho de que los bersekers combatían ataviados con pieles de oso, y a veces semidesnudos o desnudos.

Entre los antiguos, cada hombre era un guerrero. Sin embargo, no lo era durante toda su vida, sino que era llamado a ello en ocasiones turbulentas, mientras que en la paz se dedicaba a sus labores de campo o dominio. Así fue en todo el mundo antiguo —salvo Egipto, Esparta, Roma, el Imperio Bizantino y algunas otras excepciones, que contaban con ejércitos “profesionales”. En la germanidad, empero, había una curiosa casta aparte, los artistas de la guerra, considerados tocados por la Divinidad.

Algunos guerreros selectos vivían en pequeñas comunidades, aisladas de los núcleos de población y dirigidas por un sacerdote del culto de Odín/Woden/Wotan según la región, un escaldo (bardo), un gothi (druida), un vikti (maestro de las runas) u otro tipo de chamán, brujo o mago tribal. Formaban auténticas sectas en el mundo germánico, como parte de la tradición de las männerbunden, las uniones de hombres, alianzas de guerreros, hermandades militares o, como las denominó el rumano Mircea Eliade, “sociedades secretas de hombres”.

En las familias de la aristocracia germánica, existía la tradición afín a la de los oráculos en Grecia: al nacer el niño, un sacerdote realizaba un ritual por medio del cual se podría entrever su destino. Podemos suponer que a algunos padres de los bebés más prometedores se les ofrecía criarlos en una comunidad “militar” de este tipo. Esto no tendría lugar enseguida, sino a una edad un poco más tardía. A esa edad, se presentaría el chamán correspondiente para llevar al niño a su nueva vida en los bosques, donde aprendería a adquirir los instintos del depredador.

Desde pequeños, a los futuros bersekers se les ajustaba en el cuello un anillo de hierro que se relacionan con las torques célticas y que no se quitarían hasta matar a su primera víctima. Se desconoce completamente el tipo de instrucción que se les daba, pero básicamente se trataría de una especie de campamento militar y ascético al estilo espartano, en el que se les enseñaba a manejarse con las armas, en el combate cuerpo a cuerpo y en la vida en la Naturaleza, además de adquirir dureza y resistencia frente a todo tipo de privaciones, en el marco de una vida cazadora-recolectora. También aprendían técnicas y danzas tribales pensadas para generar grandes cantidades de adrenalina. A través de años, iban construyendo el cuerpo del guerrero, acostumbrado a la fatiga, a las privaciones y al sufrimiento. Y todo ello conjugado con alguna forma desconocida de yoga: una de las habilidades que lograban mediante su misterioso ascetismo era, sentados sobre la nieve durante una nevada o ventisca, derretir con su propio calor interior la nieve que les caía encima. Esta avanzada prueba tiene lugar, aun hoy en día, entre algunos lamas tibetanos (el ejercicio respiratorio que emplean para generar calor se llama tumo o “fuego en el vientre”), y en las leyendas célticas, una de las cualidades que se atribuía a los grandes héroes era derretir la nieve a cien pies de distancia (30 m) con su propio calor corporal. Un caso interesante, que data de la Irlanda del año 700 AEC, es el del héroe folklórico Cuchulain. La leyenda cuenta que, después de una batalla, Cuchulain regresó a su pueblo aun en pleno frenesí de combate. Sus compatriotas, temiendo que matase a todo el pueblo, se le echaron encima y lo metieron en un barril de agua fría. Por el ardor del héroe, el agua rompió las planchas de madera y los flejes metálicos, e hizo estallar el barril en mil pedazos, “como se rompe una nuez”. En el segundo barril de agua fría, Cuchulain produjo burbujas grandes como puños. Y en el tercero, produjo una ebullición en la que algunos hombres podían soportar sumergir sus manos y otros no. Esto nos recuerda inevitablemente al Heracles griego, que tuvo que precipitarse a las aguas de las Termópilas para aplacar un ataque de fuego interior, convirtiendo las aguas del lugar en termales.

Berserker vikingo.

Los cachorros bersekers recibían iniciación en un culto que se podría llamar misterios de Odín, el patrón de estos guerreros. Los bersekers a menudo eran llamados “hombres de Odín” o “lobos de Odín” por su predominante culto a esta deidad, denominada “padre de todo” o “el fuerte de arriba”. Podría describirse a los bersekers, por tanto, como sectas de guerreros de élite, severamente entrenados desde pequeños en las artes de la lucha y de la alquimia interior, e iniciados en un culto a Odín mediante algún tipo de ritual extremadamente violento. Mircea Eliade especificó que: No se llegaba a ser “berserkr” únicamente por bravura, por fuerza física o por dureza, sino también tras una experiencia mágico-religiosa que modificaba radicalmente la forma de ser del joven guerrero. Éste debía transmutar su humanidad mediante un acceso de furia agresiva y terrorífica, que lo asimilaba a los carniceros enfurecidos. “Se calentaba” hasta un grado extremo, transportado por una fuerza misteriosa, inhumana e irresistible, que su impulso combativo hacía surgir de lo más profundo de su ser.

En combate, los bersekers presentaban un aspecto aterrador para sus enemigos. Vestidos con pieles de oso, o de lobo (en cuyo caso se llamaban ulfhednar o ulfsark,“piel de lobo”), desnudos o pintados de negro, se arrojaban al combate siempre en grupos de doce, gritando como posesos, echando espuma por la boca y siendo inmunes a las heridas más terribles.

En la Ynglinga Saga (Capítulo VI) se habla sobre ellos, diciendo:
Los hombres de Odín marchaban sin cotas de malla, enfurecidos como perros o lobos. Mordían sus escudos, fuertes como osos o toros salvajes. Mataban a sus enemigos de un solo golpe, pero ni el hierro ni el fuego los dañaba. Tal es lo que se llama el furor de los bersekers.

En el Hrafnsmal, el escaldo Thorbjörn Hornklofi los describe en el combate:
Allí los bersekers gritaban —la batalla se desencadenaba—, pieles de lobo aullaban salvajemente, las lanzas silbaban… pieles de lobo, se llamaban. Se les ve actuar, ensangrentados los escudos. Rugieron las espadas cuando llegaron al combate. El rey sabio en el combate se hace proteger por rudos héroes que alzan sus escudos.

FUENTE: http://europasoberana.blogspot.com/2013/05/soldados-de-la-bestia-los-bersekers-y.html

La Ira Sagrada en la Tradición Indoeuropea

Furor Teutonicus (Cronistas romanos, sobre el empuje de los germanos en combate).

La historia de los pueblos indoeuropeos nos enseña que toda gran obra proviene, en primera instancia, del bárbaro “auténtico” e incontaminado, y de las alianzas de guerreros o männerbunden, que son los únicos capaces de cambiar el mundo y el tiempo a través de la acción directa.

¿De dónde procedía la fuerza legendaria y furiosa de aquellos antiguos indoeuropeos, nuestros antepasados, tan unidos a sus dioses y a la Naturaleza? En la antigüedad, numerosas son las referencias a esa fuerza, que es descrita como una especie de furor. La cólera divina es todo un arquetipo: los iranios llamaron aesjma al furor sagrado, y los indo-iranios, ishmin. En India se describía, además, el mada —la embriaguez divina producida por la bebida mística soma. En Grecia encontramos el menon o menis, la ira apasionada que sólo Aquiles, el mayor guerrero de todos los tiempos, poseía. También de Grecia proviene el “divino furor de Dionisio”, que en un principio tenía que ver con la glorificación de los instintos relacionados con el culto a la vida ascendente. La mania, es decir, el arrebato del furor dionisiaco, se decía llevaba en un vuelo al alma del poseído hacia los Montes Tracios, que representaban a una Hélade primigenia, ancestral y bárbara. En el mundo céltico nos encontramos con el héroe irlandés Cuchulain, del que se apoderaba el warp-spasm (“espasmo que deforma”, o espasmo de furia) en momentos de guerra, dándole un empuje sobrenatural. Esto, en fin, nos señala que la ira sagrada no fue exclusivo patrimonio germánico, sino que proviene de una fuente aun más antigua, y que en todos los pueblos indoeuropeos hubo círculos masculinos que cultivaban la fuerza otorgada por la furia de combate.

Los germanos, pueblo indoeuropeo procedente del sur de Escandinavia, fueron quizás los últimos europeos en cultivar abiertamente la ira sagrada de un modo tribal. El nombre del dios Wotan hace referencia directa a la furia. En alemán moderno, wut significa “ira”, en inglés moderno, wrath tiene el mismo significado, y en gótico, wods significaba “poseído”. Wotan sería, pues, la “ira de An”. An es una sílaba arquetípica; así llamaban los sumerios a su deidad principal.

La ira divina no era entonces un concepto novedoso, ni tampoco algo que haya desaparecido. Cuando algo sagrado, una canción, un paisaje, una ceremonia, una pasión, una persona, una situación, nos hacen recordar cierto instinto interior, lo que aflora es un tipo muy especial de sentimiento: la unión de furia y alegría, el sentimiento que hace que los guerreros de todos los tiempos alcen sus armas al cielo y lancen al viento sus gritos, el sentimiento dionisiaco que yace en la música y las canciones, que nos hace sentir más vivos y más poderosos, el sentimiento glorioso de honor, orgullo y contacto con lo Eterno, que acelera nuestro pulso y nos pone los pelos de punta, el sentimiento que sabemos que nadie que no sea un hombre europeo puede sentir. “Almas ardiendo”, lo llamó León Degrelle. “Fuego en la sangre”, lo podríamos llamar nosotros, como cuando se habla de ocasiones en las que “hierve la sangre”. Se trata de la llama espiritual que se opone al avance del hielo materialista y nihilista, el “ardor guerrero” del que aun hoy se canta en el himno de la Infantería.

Furor Teutonicus (Cristian Huerta)

FUENTE: http://europasoberana.blogspot.com/2013/05/soldados-de-la-bestia-los-bersekers-y.html